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¿Energía sustentable?

Recientemente, en la 18a Conferencia de Montreal del Foro Económico de las Américas, me tocó debatir con especialistas, técnicos y autoridades sobre el futuro de la energía y el medio ambiente. Estamos frente a un cambio relevante en la geografía del mercado global de la energía generado por la mayor disponibilidad de recursos fósiles de yacimientos de gas natural atrapados en arcillas compactas ( shale gas), y en un futuro cercano, del petróleo de esquitos (shaleoil).

En paralelo, vemos un retroceso de la energía nuclear debido al accidente de Fukushima. Alemania ha decidido un “apagón nuclear”, generando incertidumbre respecto de cómo sería sustituida esa energía de aquí al 2022. El Reino Unido será, junto con Francia (más del 70% de su generación es nuclear), un buen termómetro para medir el futuro de la energía nuclear en los países desarrollados. Londres tiene en marcha un plan para construir en una década ocho centrales nucleares, argumentando razones de independencia energética y cambio climático.

Se suma al debate el avance en tecnologías y la reducción de costos de las renovables no convencionales, así como la huella de carbono y el impacto ambiental y cultural local de cada tipo de tecnología en un espacio territorial y ecológico definido. Incluso, en una perspectiva ideológica, se debate la sustentabilidad de un “crecimiento ilimitado” que requiere “energía ilimitada”, en un escenario de crecimiento de la demanda de energía global que supera el 5% anual en los últimos tres años.

La organización del poder y los conflictos de escala mundial se han ordenado a partir de grandes productores energéticos en el Medio Oriente y grandes consumidores de energía en el mundo occidental desarrollado, principalmente Europa y Norteamérica, tal como lo relatan Daniel Yergin en “La historia del petróleo”, y Anthony Cave en “Dios, oro y petróleo”. Pero eso está cambiando.

Estados Unidos ya produce cantidades significativas de shale gas, haciendo caer los precios del gas natural y de las formas de energías basadas en este commodity. A eso podrían sumarse la explotación de petróleo y gas de Alaska. Si esto se concreta -hay condicionantes políticas derivadas del impacto ambiental que ello podría generar-, Estados Unidos será superavitario de petróleo y gas (actualmente produce el 50% de su consumo) y, consiguientemente, de energía eléctrica. Esto significaría un cambio descomunal en las relaciones geopolíticas de la principal potencia del mundo con el Medio Oriente. EE.UU. pasaría de ser importador a exportador de energía (algo que ya consiguió Brasil).

Pero el desarrollo energético basado en fósiles merece un mayor análisis: el aumento de su consumo va de la mano de una mayor emisión de CO2 que impactará en el cambio climático. Además, los fósiles, en su proceso de exploración, explotación y transporte (oleoductos, gasoductos, barcos de GNL) conllevan importantes huellas de carbono antes de ser utilizados (no son sustentables en tanto método productivo y de transporte).

En el largo plazo, la esperanza de la sostenibilidad del desarrollo humano está en las energías renovables (sol, viento, agua, calor de la tierra) y en una energía nuclear de tecnología mejorada (¿fusión?) que resuelva su descontrol cuando las plantas fallan, junto con una mayor eficiencia energética en los procesos productivos. La base sustentable serán las energías no intermitentes: hidro de escala, nuclear y geotermia, junto con la mayor eficiencia energética, y como complemento, las intermitentes: solar y eólica.

En todos los debates, la independencia es considerada un activo esencial: ya existen condicionantes a las relaciones entre los países como para agregar la dependencia energética como otro factor de fricciones. Concebimos en su momento el GNL de Quintero como un mecanismo para independizarnos del gas argentino, y así ahora impulsamos el desarrollo de la hidroelectricidad.

Un factor clave del debate es el medio ambiente. Una forma de entender su rol es que la ecología es una rama de las ciencias naturales, un aporte científico para tomar decisiones que permitan un desarrollo humano más armónico con el medio ambiente. Y otra muy distinta es el ambientalismo como ideología, que postula dogmas de fe sobre el futuro de la humanidad sobre las cuales no hay espacio para conversaciones racionales.

Los “ambientalistas” no proponen un plan alternativo que dé cuenta de las necesidades humanas, sobre todo de sociedades que ahora quieren también su espacio, como África y los sectores más rezagados del mundo: si ya sobran humanos, para que dar facilidades para que existan aún más.

Los gobiernos (y los políticos) no pueden quedarse en la asepsia de “será la evaluación ambiental la que determine la pertinencia de uno u otro proyecto”. Esta es una discusión política, y así la entienden los sectores de ideología ambientalista. El rol de los líderes políticos no es refugiarse en reglamentos y resoluciones judiciales; deben impulsar aquello en que creen. La visión de hacia dónde se desarrollará el país no puede quedar en manos de funcionarios y de las presiones de grupos organizados. El riesgo es sentir que cumplimos con las formalidades, mientras nos quedamos sin energía.

Daniel Fernández K es Ingeniero civil Universidad de Chile y Vicepresidente Ejecutivo de Hidroaysén

 

Publicado originalmente en El Mercurio, 7 de agosto de 2012

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