image description

Inicio > Cambio climático y huella de carbono > Houston: ¿Tenemos o no un problema?

Houston: ¿Tenemos o no un problema?

Echando un vistazo a la lista de proyectos de generación eléctrica en Chile, se dibuja un nudo en la garganta ante la cantidad de centrales futuras que obtendrán su energía del carbón. Dado que ninguna de ellas -a la fecha de redacción de este post y en el futuro cercano- considera captura y secuestro de carbono, la emisión per cápita de nuestro país sufrirá una importante alza. Independiente de la opinión que cada uno tenga respecto de la gravedad del cambio climático (o incluso de su origen antropogénico) el hecho de que con toda probabilidad el comercio internacional gravará progresivamente el carbono emitido por las economías hace de esta alza un problema objetivo. Por cierto, hay otras razones para preocuparse por el problema, pero los gravámenes comerciales importan a todos los miembros de la sociedad, sin excepción, sientan o no desasosiego por el devenir de los habitantes de Maldivas. Pero, incluso si no se diera pie a estas sanciones ¿Debiéramos realmente preocuparnos por este fenómeno? ¿Debiera, por ejemplo, la industria eléctrica chilena poner de su parte para mitigar las emisiones? Argumentaré por qué creo que sí, aún cuando Chile emita sólo el 0,2% de los gases de efecto invernadero a nivel mundial.

Back to basics. Como todos sabemos, la Tierra ha sufrido fluctuaciones naturales en su clima a lo largo de su prolongada historia. Hubo épocas mucho más frías -las célebres glaciaciones- y épocas mucho más cálidas que la actual. Por esta razón, algunos (cada vez menos) consideran que el actual fenómeno de cambio climático es sólo una manifestación más del vaivén habitual de la Tierra, y en caso alguno causa de preocupación. La parte menos fácil de digerir para el ciudadano de a pie, sin embargo, es que esas fluctuaciones siempre habían ocurrido a escala geológica, regidas por cambios de órbita e inclinaciones planetarias. Es decir, a un ritmo imperceptible para una generación de seres humanos. Hoy, nos movemos en fast forward. La tasa de aumento de las temperaturas y del incremento de los gases que la provocan es algo inédito en la historia de la Tierra. Ello permite al Panel Intergubernamental de Cambio Climático afirmar con 90% de certeza que el aumento de la temperatura global se debe a la acción humana y no sólo a las fluctuaciones naturales. Desafortunadamente, esta injerencia humana ocurre precisamente cuando nuestro planeta se encontraba a punto de alcanzar un periodo natural de temperaturas máximas, tal como lo hizo hace unos 130 mil, 240 mil y 325 mil años. Estamos artificialmente agregando carbón a una caldera que ya se aprontaba a alcanzar su máximo cíclico.

Temperatura de la Tierra y concentración de CO2 en la Tierra en los últimos 450 mil años

Temperatura de la Tierra y concentración de CO2 en la Tierra en los últimos 450 mil años

Pero quienes de verdad debieran preocuparse son nuestros nietos. A diferencia de la contaminación local –como la polución atmosférica en Santiago, por ejemplo- el efecto invernadero ocurre en un medio cerrado, donde no hay dispersión posible, sino sólo un efecto modesto de captación de carbono por parte de la Tierra y del mar. Si la humanidad muriera de un plumazo, la contaminación atmosférica de la capital acabaría en forma casi instantánea, pero los efectos del cambio climático que hoy podemos apreciar continuarían su curso por siglos, tal como muestra la figura siguiente, que grafica la evolución de temperaturas en un escenario hipotético de concentración de carbono constante e igual a la del año 2000. Si la meta fuese estabilizar la concentración de carbono en los niveles actuales –que ya es suficiente, por ejemplo, para eliminar del mapa las nieves del Kilimanjaro y derretir progresivamente el hielo Ártico- tendríamos que cortar desde hoy las emisiones a menos de un 20% del total, algo inmensamente más ambicioso que las metas más audaces jamás planteadas. Para estabilizar la concentración atmosférica en 450 ppm (una vez y media el máximo de los últimos 420 mil años), deberíamos lograr algo tan difícil como dejar de aumentar las emisiones en 10 años y luego disminuirlas a una tasa de 5% por año, para llegar al 2050 con un 30% menos que las emisiones actuales. Y esto es sin incluir los otros gases de efecto invernadero, que si fuesen tomados en cuenta en una métrica equivalente indicarían que en realidad estamos ya prontos a alcanzar una concentración de alrededor de 430 ppm.

Aumento de temperatura de la Tierra suponiendo concentraciones del año 2000 constantes (4to informe IPCC)

Aumento de temperatura de la Tierra suponiendo concentraciones del año 2000 constantes (4to informe IPCC)

¿Vale la pena enfrentarlo?

Hay varios niveles de aprensión respecto al cambio climático. De menos a más, son los siguientes (nombres de fantasía acuñados tendenciosamente por el autor):

  1. Tapando el sol con el dedo: No hay consenso científico respecto a que el cambio climático exista. Se han detectado singularidades locales, pero no hay claridad sobre el patrón global. Esta posición básicamente se extinguió en los 90’, y el hecho de que aún sea defendida por un puñado de climatólogos de reacción lenta no justifica prestarles demasiada atención.
  2. Yo no fui: El cambio climático existe, pero no es claro que sea de origen antropogénico. Una posición que gozó de bastante salud durante décadas pasadas, en épocas recientes, y en especial tras el cuarto informe del IPCC de 2007, ha sido dejada definitivamente atrás por la comunidad científica. Sí, usted aún puede leer columnas que defienden esta posición en diarios prestigiosos, pero de la misma manera que puede leer columnas de individuos respetables que argumentan que el ser humano fue creado de la nada y que el mundo tiene diez mil años. Ojo: consenso no es lo mismo que unanimidad; si se tratara de alcanzar esta última, aún estaríamos discutiendo sobre si los moai fueron o no transportados con ayuda extraterrestre.
  3. Endosando el entuerto a los nietos: El cambio climático existe y es de origen antropogénico, pero los costos de abatirlo son mayores que los beneficios. Hay otras necesidades más urgentes. Esperemos a que la tecnología madure lo suficiente para que nos ofrezca soluciones “indoloras” (i.e.: costo-efectivas). Siga leyendo.
  4. Endosando el entuerto al vecino con plata: El cambio climático existe, es de origen antropogénico y vale la pena invertir hoy, pero Chile emite sólo el 0,2% mundial. La responsabilidad la tienen los países desarrollados y los grandes emisores (China, India). Siga leyendo
  5. Sabiduría y equilibrio: El cambio climático existe, es de origen antropogénico, y hay que trabajar hoy por mitigarlo, aquí y en la quebrada del ají. Es, a mi juicio, la postura correcta, aunque en el cuánto hay un mundo para discutir.

Si usted está en la posición 5, somos amigos y está invitado al próximo asado de Central Energía. Si está en las posiciones 1 o 2, lea (es un panel intergubernamental, si no se le cree a ellos no sé a quién demonios se le puede creer). Si está en la posición 3 o 4: justamente con usted quería hablar.

Ok, estamos induciendo un ascenso brusco en la temperatura y es de origen humano. Pero ¿no hay acaso problemas más urgentes que resolver? Esta no es una pregunta fácil de responder. El cambio climático se produce principalmente porque nuestra matriz energética global –que, como toda actividad productiva, sigue los patrones normales del mercado- ha naturalmente optado por la energía más barata, y ésta suele ser aquella de origen fósil, rica en carbono. La deforestación, las emisiones agrícolas y las emisiones de la industria del cemento también responden a razones de eficiencia económica. Por consiguiente, el abatimiento (i.e.: el desacople de la alternativa más barata) necesariamente nos costará dinero, el cual podríamos utilizar en otras necesidades. Debemos admitir que los rangos de incertidumbre en torno al problema son muy grandes, y no conocemos bien el retorno de las inversiones que hagamos. En cambio, conocemos bien las urgencias del mundo actual. Se suele argumentar de la siguiente manera:

No somos capaces de pronosticar con exactitud si lloverá mañana y estamos invirtiendo miles de millones de dólares para impedir supuestos cambios en el clima de décadas hacia el futuro, mientras hay millones de personas que viven en la indigencia. Recuerden los pronósticos de Malthus, quien anunciaba en el siglo XIX que el aumento de población produciría una hambruna generalizada porque la producción de alimentos no podría crecer al mismo ritmo. Pero Malthus no previó las mejoras tecnológicas. Recuerden al Club de Roma, que en 1972 pronosticaba un colapso mundial de recursos naturales dado el ritmo al la economía mundial crecía. Pero el Club de Roma tampoco previó las mejoras tecnológicas. La humanidad será capaz de solucionar este nuevo obstáculo. Sólo hay que darle tiempo al inagotable ingenio humano.

Respecto a la incertidumbre de los pronósticos: debemos diferenciar la caótica y compleja dinámica de la meteorología cotidiana de las tendencias climáticas de largo plazo. Nuestra ciencia no es del todo certera para predecir el comportamiento atmosférico de espacios reducidos en momentos determinados, pero sí lo es para modelar los patrones de largo plazo. No podemos saber cómo será el clima durante la primera semana de invierno del próximo año, pero sí podemos estar seguros de que, si se presentan las anomalías cálidas del Pacífico que dan origen al fenómeno del Niño, el invierno como un todo será lluvioso (y de hecho, no fallamos en esto). Lo mismo ocurre con el clima global: no estamos en condiciones de predecir la multiplicidad de singularidades que configuran el todo, pero sí podemos augurar la dirección que adoptará el todo una vez que conocemos los parámetros basales.

Respecto a la fe en la “mano sanadora” de la tecnología y a las profecías equivocadas de Malthus y del Club de Roma: Es posible que el futuro pruebe la tecnología fue en efecto capaz de resolver el problema de forma no demasiado trágica para la humanidad. Sin embargo, adoptarlo como estrategia es jugar una carta demasiado arriesgada. Es apostar al poker de ases basándose en el hecho de que se consiguieron en las dos rondas pasadas.

Imagine que las notas de un estudiante de segundo medio indican que reprobará el curso a final de año. Sin embargo, un notable desempeño en los exámenes finales le permite aprobar a última hora. Al año siguiente, se repite la historia: terminando el primer semestre, sus notas pronosticaban un forzado “vale otro”, pero su extraordinario rendimiento en los exámenes finales lo saca de la liguilla de promoción. Nuestro amigo afín a la cuerda floja está ahora en cuarto medio. Es mitad de año y está reprobando el curso. Si usted fuera su apoderado ¿Apostaría al business as usual, confiando que su retoño volverá a rendir exámenes sobresalientes, aún cuando la información que hoy dispone indica que se necesita de un milagro para evitar el abismo? ¿o más bien le exigiría que estudiara durante todo el resto del año para evitar depender de una eventualidad que, aunque posible, es a todas luces extraordinaria? No brainer. Ojo que aquí nadie está insinuando que la tecnología no resolverá el problema: es una posibilidad real, pero en ningún caso cierta, he ahí el punto.

Respecto a la existencia de necesidades más urgentes: Este es el cuestionamiento más difícil de responder. La disputa en torno a la tasa de descuento utilizada en el Informe Stern tiene mucho que ver con ello, pues las inversiones de hoy son afrontadas por una sociedad menos rica que la que heredarán nuestros hijos y nietos ¿Qué tanto sacrificar para la solución del problema, dado que el 2011 un porcentaje significativo de seres humanos lleva vidas indignas y millones de niños se acuestan con hambre? Por supuesto que no me aventuraré con una cifra, sino sólo con un adjetivo: esfuerzos sustantivos. Por una parte, la idea de costo alternativo del dinero no debe llevarnos a una falsa dicotomía. Sí somos capaces de enfrentar varias grandes causas en paralelo. La idea de que “la plata se utilizaría mejor en otro lado” implicaría que ese argumento podría ser replicado para toda otra causa que no fuera esa “Gran Causa Única”, pero ello no ocurre porque los retornos a la inversión son decrecientes a escala. Si el balance de fin de mes arroja un saldo de $100 para reparar nuestra casa, es más rentable invertir $50 en un vidrio normal para reponer el que rompió la última pichanga y $50 en cubrir una gotera a invertir los $100 en el mejor vidrio disponible. En Chile tenemos gente viviendo en campamentos –posiblemente el candidato más fuerte a ocupar el sitial hipotético de “Gran Causa Única” – pero no sé si realmente alguien cree que debiéramos haber concentrado todos los esfuerzos ahí al punto de sacrificar el Museo Interactivo Mirador y la Plaza de la Ciudadanía, sólo por citar un par de ejemplos suntuarios, inservibles para efectos de hacer crecer la economía y con ello superar la indigencia indirectamente. Por otra parte, los mayores perjuicios del cambio climático los sufrirán –como siempre- los más pobres, quienes dispondrán de menos medios para adaptarse a los cambios. Más aún, la agricultura de zonas tropicales se verá más perjudicada que la de climas templados, y es en estos países donde se concentra la mayor parte de la población en situación de pobreza.

Por último, respecto a nuestro humilde 0,2% de emisiones totales, repetiré un argumento que ha sido ya varias veces expuesto en este blog (proporcional, por lo demás, a la frecuencia con que es esgrimido por sus defensores). Desde un punto de vista atmosférico, lo que se llama Chile no es más que una frontera política arbitraria. Si con el pretexto de nuestra participación minoritaria en el concierto internacional nos eximiéramos de las metas de reducción, toda unidad geográfica podrían buscar su propia esfera de pertenencia respecto de la cual representa una proporción minoritaria. EE.UU. es el segundo emisor mundial, pero un ciudadano de Alabama podría argumentar que su estado emite tan sólo el 0,2% mundial y que la responsabilidad la tienen los estados industriales del noreste y los petroleros del sur… y alguien de Austin Texas podría esgrimir a su favor que Austin representa una fracción menor dentro de Texas y que la responsabilidad la tiene básicamente Houston. Y así toda entidad política podría buscar “eximición” como parte de alguna fracción minoritaria a la que con seguridad pertenece.

El cambio climático es tarea de todos, incluso de la industria eléctrica chilena. Si nos sentamos en nuestros sillones a esperar que algún ingeniero de la universidad de Yokohama o algún economista del politécnico de Zurich resuelva el problema por nosotros, podría inundársenos Bangladesh antes de que asomen novedades bienvenidas por el mercado. Por suerte para los amigos del delta del Ganges, no hace falta que este post convenza a los actores de la industria: el impuesto al carbono, a su debido tiempo, hablará con más elocuencia de la que aguanta el papel.

Por Joaquín Barañao, Ingeniero Civil y Editor de Central Energía

  1. Dario Ciro
    25/08/11 a las 18:19 | #1

    Entonces mientras no se defina una matriz energética en el país que considere sistemas de generación compatibles con el medio ambiente, debemos, hoy, favorecer aquellas iniciativas que son menos determinantes en el aumento del CO2 en el planeta. En el caso de nuestro país estamos frente a dos sistemas de generación, la hidro y el carbón. Siendo la hidroelectricidad la mejor de la opciones debemos fomertar su utilización hasta que una nueva matriz del país la reemplace.

  2. Carlos Bohle
    14/07/11 a las 11:25 | #2

    Me parece que en el primer párrafo de la columna tocas dos temas clave, que a mi gusto son un buen antídoto para los economicistas que se escudan en los puntos 3 y 4. Los voy a usar en orden inverso al tuyo:
    1° Somos sólo el 0,2% de las emisiones a nivel mundial, y eso equivale a decir que nuestro peso en cuanto a productividad y tamaño de la economía es CERO. No tenemos ningún poder negociador para sentarnos a la mesa a manipular las negociaciones globales y convencerlos de que están equivocados (si ese fuera el caso).
    2° Aunque la comunidad internacional ha brillado por su incapacidad de generar un acuerdo de reducción legalmente vinculante, SI hay un consenso respecto a la realidad del fenómeno y la necesidad de tomar medidas. Claro, Estados Unidos, Europa, China e India han querido sacar ventajas mezquinas de esto para potenciar sus economías locales, pero todos de una u otra forma están haciendo algo: incluso China ofreció mejorar su intensidad de carbono (grs. de CO2 por dolar de PIB) y USA está forzando autos poco contaminantes. En un mundo que progresivamente toma la decisión POLITICA de combatir el calentamiento global, aunque creamos que es más falso que amor a las guaguas de político en campaña, tenemos que aceptarlo como parte de las reglas del juego.

    Otro comentario es respecto al argumento economicistas tipo “hay otras cosas más importantes”: tengo la sensación de que los objetivos no son 100% excluyentes. Varias medidas “globalmente eficientes” de reducción de emisiones de CO2 demandarían flujos económicos importantes de los países ricos a los países pobres, y un gran ejemplo de eso puede ser el combate a la deforestación, que es una de las principales fuentes de emisión. Quizá también hay efectos negativos, pero es difícil anticipar el efecto neto, más aún con modelos de negocios que están aún por ser inventados ante la nueva realidad global.

    Y aquellos que creen que la ciencia lo va a resolver todo deberían apoyar estas medidas!! El mecanismo del precio a la emisión de CO2 es el más potente estímulo posible a la hora de poner a los lolos de bata blanca a investigar cómo hacer para seguir viviendo sin producirlo.

    Saludos,
    (supongo que con el comentario voy al proximo asado, ¿no?)

  3. Cristian Melo
    14/07/11 a las 10:11 | #3

    Muy bien, Joaquín!
    Cada vez más acucioso.

  1. Sin trackbacks aún.