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Las otras huellas

Mario ValcarceLeía en un periódico chileno que se veía una disminución del peso relativo de las centrales termoeléctricas en las obras que se someterán a trámite ambiental.

Esta noticia, de ámbito local, hace reflexionar respecto del futuro de los planes energéticos de los países del vecindario. Compartimos una disyuntiva común: el permanente desafío de combinar las aspiraciones de desarrollo de nuestros pueblos y el impacto que esto puede tener sobre la frágil condición del equilibrio ecológico del planeta.

Hay quienes señalan que éste, en sus 4.500 millones de años, ha pasado por diversas etapas en su comportamiento climático. Y que la actual es una más. Pero como planeta para vivir tenemos uno sólo, no podemos equivocarnos en el diagnóstico. En teoría de juegos, si el castigo de una de las alternativas es desproporcionadamente doloroso, como podría ser la desaparición de parte importante del suelo habitable, más vale poner las fichas en la alternativa que nos dé un “valor esperado” aceptable. Esto, además, porque no veremos inmediatamente las consecuencias de un error de diagnóstico. Y como abuelo pretendo que mis nietos tengan un mejor mundo que el actual.

Entonces, la clave es cómo conectamos la noticia de la disminución de las centrales térmicas a construir con la realidad socio-económica de nuestra región y el calentamiento global.

Latinoamérica enfrenta enormes desafíos de crecimiento y desarrollo, y las necesidades energéticas para enfrentarlos son proporcionales. Al comparar el consumo de electricidad por habitante de la región con el de países de mayor desarrollo, se ven brechas relevantes.

Para mencionar una: España consume 1,9 veces el número de KWh por habitante de Chile, 6,5 veces el de Perú y 12,3 veces del de Bolivia.

Estimo que el derecho al desarrollo de nuestros pueblos es innegable, como igualmente innegable es el requerimiento de fuentes energéticas para alcanzarlo.

Es verdad que la eficiencia energética cooperaría a lograr metas de desarrollo con un uso menos intensivo de los recursos naturales. Pero no basta para cubrir la brecha entre requerimientos y fuentes disponibles.

Surge entonces la obligación de nuestros países de utilizar bien sus fuentes energéticas. Y utilizar bien es la adecuada combinación de uso de sus recursos y el exquisito cuidado por el medio ambiente en que se desenvuelve toda actividad económica.

Es que cada país debe resolver esa delicada ecuación que equilibra las justas aspiraciones de desarrollo y crecimiento de sus comunidades, con el uso de sus fuentes energéticas, propias o importadas. Y esto tiene impactos medioambientales.

Lo relevante es que en la solución de la ecuación se utilicen fuentes energéticas con el menor impacto en los delicados sistemas ambientales, pero que a la vez sean alcanzables por los consumidores y las industrias a precios razonables, permitiendo a éstas desenvolverse en mercados cada vez más abiertos y competitivos.

Nuestra región transita paulatinamente, pero sin pausa, a un marco regulativo que busca minimizar el impacto ecológico que toda actividad tiene en el medio.

Y es lo correcto. Como correcto también es promover el desarrollo de proyectos energéticos que, cumpliendo con dicha normativa, cooperen con el tránsito de las naciones latinoamericanas a niveles económicos, educacionales, de salud y de calidad de vida crecientes.

Lo que no puede ocurrir es que por alcanzar rápidamente esas expectativas se hipoteque la existencia de un ya delicado equilibrio medioambiental. Pero tampoco podemos caer en el inmovilismo que sacrifique las aspiraciones de nuestros pueblos por la presunción de posibles efectos en el mencionado equilibrio.

No hay matrices energéticas 100% contaminantes o totalmente “verdes”.

Nuestros países, cuidando la delicada ecuación de la que ya hablamos, utilizando los recursos energéticos de que disponen y velando por el desarrollo de sus pueblos, habrán hecho uso de variadas tecnologías: renovables como la hidráulica, eólica o solar. Térmicas en su medida, e incluso la nuclear, cuando las fuentes tradicionales no aporten potencia adicional. Ninguna tecnología debe estar prohibida a priori. Es la combinación inadecuada de las mismas o la mala resolución de la ecuación medioambiental lo que debe estar prohibido.

El mundo se alista para medir la huella de carbono. Pero también nuestros pueblos exigen, y con toda justicia, que cuidemos la huella del tránsito a una mejor calidad de vida.

Por Mario Valcarce, ex Presidente de Endesa Chile y actual Director de Transelec. Publicado originalmente en la revista América Economía.

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