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Hidroelectricidad y medio ambiente

embalseEn entrevista con este diario, el nuevo vicepresidente ejecutivo de HidroAysén expresó que los promotores de ese proyecto usarán una nueva estrategia de comunicación pública, más transparente y menos defensiva que en el pasado. La fuerte oposición de grupos ambientalistas chilenos y extranjeros lo ha transformado en un proyecto simbólico, lo cual es entendible: la Patagonia chilena es uno de los lugares con menor intervención humana que aún existen en el mundo, y un proyecto de gran envergadura, como los embalses de HidroAysén y su línea de transmisión directa a Santiago, altera esa condición o imagen prístina.

Pero los ambientalistas a ultranza no consideran los costos globales y sociales de oponerse a virtualmente todos los proyectos: lo equilibrado es evaluar la conveniencia de cada emprendimiento eléctrico en forma individual. Chile es un país de ingresos medios, que usa mucha menos energía que los países desarrollados. Para que la población alcance el estándar de vida de aquellos, necesariamente debe aumentar su consumo de energía. De lo contrario, se condena a una vida limitada a una gran parte de aquélla -que no incluye a los líderes ambientalistas-. HidroAysén es, probablemente, la mejor opción para reducir los costos de la electricidad con un impacto ambiental razonable.

Las alternativas ambientalistas son la conservación y las energías renovables no convencionales (solar, eólica, geotérmica). La primera no resuelve la necesidad de más energía, aunque contribuye a reducir la tasa de aumento de su demanda, y las no convencionales son todavía demasiado caras como para transformarlas en la base de nuestro abastecimiento. Nuestra electricidad es cara y no se debe aumentar su costo aún más. La alternativa a los grandes proyectos hidroeléctricos son las centrales térmicas, que generan grandes cantidades de gases invernadero y otros gases contaminantes. Además, las emisiones de carbono probablemente enfrentarán impuestos en el futuro.

Según algunos, los embalses producen metano -un potente gas invernadero-, por la descomposición de materia vegetal sumergida en ellos, lo que sería comparable con las emisiones de centrales térmicas. Este argumento se aplica más a embalses en la Amazonia, que cubren grandes extensiones de selva, que en la Patagonia. En Aysén hay menos vegetación y las centrales proyectadas son mucho más eficientes en la producción de energía por hectárea sumergida. Sus emisiones de metano están limitadas, ya que eventualmente desaparece la materia vegetal que las produce, a diferencia de las centrales térmicas, que emiten mientras operan.

Brasil ha sido más decidido en esta materia: aprobó la construcción de una gigantesca planta hidroeléctrica en Belo Monte (en plena Amazonia) -cuatro veces más potente que HidroAysén-, pese a la oposición ambientalista y de grupos indígenas de la zona. Con ello asegura electricidad de bajo costo y, luego de una etapa inicial de descomposición de materia vegetal, no produce emisiones. Así, pese a las presiones, Brasil no estuvo dispuesto a hipotecar su futuro crecimiento -80 por ciento de su electricidad es hidroeléctrica-. Chile tal vez puede ser más cuidadoso en su balance ambiental, pero no puede negarse a desarrollar su potencial hidroeléctrico.

En todo caso, sería paradójico que la oposición ambientalista a los proyectos hidroeléctricos empuje a proyectos térmicos o a plantas nucleares, que ella también objeta. Ante una oposición extrema a medidas necesarias para el crecimiento, cabría una oferta como la que hizo Ecuador hace poco: no se desarrollarán las centrales si, en compensación, el país recibe una donación internacional equivalente al ahorro en el precio de la electricidad que se lograría al desarrollar HidroAysén. Pero ¿está Chile dispuesto a depender de donaciones semejantes, por lo demás altamente inverosímiles o inciertas?

Editorial de El Mercurio del 25 de agosto de 2010.

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